Llevo varios días a vueltas con dos palabras que pueden parecer sinónimas, pero que no lo son: “accesorio” y “complemento”.
Según la RAE “accesorio” es lo “que depende de lo principal o se le une por accidente; lo que es secundario; utensilio auxiliar el trabajo o para el funcionamiento de una máquina”.
“Complemento” es “cosa, cualidad o circunstancia que se añade a otra para hacerla íntegra o perfecta; plenitud a que llega algo”.
Contraponiendo ambas definiciones parecería que ciertamente ambas palabras fueran en sí mismas complementarias: que un accesorio –que no es el protagonista, el principal- puede ser un complemento para la perfección. Pero cuando le daba vueltas a las palabras no tenía en mente un dilema semántico. Dudaba y debatía conmigo misma sobre qué somos los unos para los otros.
Lo accidental es coyuntural. Podría haberse dado o no. Y al darse sí se mejora la vida de alguien. La máquina puede que funcione mejor, que esté mejor engrasada, que el trabajo sea más fácil de llevar, que el peso de la realidad sea menos pesado… pero si no existiera el complemento no pasaría nada. El engranaje seguiría en movimiento. A duras penas o sin ellas. Marcharía.
La perfección, sin embargo, es una aspiración, que se busca. Que buscamos (o deberíamos). Queremos ser mejores. Ser grandes. Que nos admiren, aunque no seamos presuntuosos. Buscamos la pieza que nos haga únicos. Que nos haga sentir especiales. Y no es fácil, aunque a veces también sea accidental.
Pero en ocasiones no somos capaces de reconocer que tenemos un complemento. Queremos hacer ver que lo somos en sí mismos, en nosotros mismos. Hay veces que no podemos dejar ver nuestras debilidades, nuestras carencias. Que necesitamos un apoyo para seguir el camino sin sentarnos, rendidos. Que no hay perfección más allá de la perfección de lo que se ve (o se pretende hacer ver).
Hace unos meses leía una frase de Almudena Grandes (en Inés y la Alegría) que me ha venido ahora a la mente. “Todos los tejidos tienen dos caras y la visible no puede existir sin la trama, la urdimbre, el esqueleto de la que no se ve”. Hay días que me la repito como un mantra. El accesorio se ve, es palpable: la carretilla para transportar la carga, la palanca, el alicate… El complemento es más sutil, más discreto, como el pilar que sustenta una casa y que puede ser invisible, oculto entre dos muros.
La pregunta es: ¿qué eres para esa persona que tienes enfrente, un accesorio o un complemento? ¿Qué es ella para ti?


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