Soy periodista. Licenciada en Periodismo. Como dice el vídeo éste que tanto está rulando por las redes, tengo la suficiente experiencia laboral, además, como para llamarme periodista con todas las letras. Desde que tengo uso de razón he querido ser periodista. Desde que recuerdo me ha gustado contar historias. Y las he contado, de la manera que fuera, desde mucho antes de escribir en el Voilà la Voix, el periódico de mi colegio. Pero, qué queréis que os diga, podría ser camarera y no sufrir una crisis de identidad.

No es un mito. Los periodistas somos el culmen del egocentrismo. Nos creemos que nuestras historias interesan por el simple hecho de que se publiquen. Que somos imprescindibles para explicar cómo se construye el mundo. Y eso nos aleja de quienes nos escuchan, de quienes nos leen.

Soy periodista y me encanta. Y creo que las historias que cuento interesan. Y con que interese a uno, me basta. Pero no me creo más que mis amigas las abogadas que casi no han ejercido o que mi amiga la psicóloga, que lleva dos máster sin haber trabajado ni un día de lo suyo. Todas han sido camareras.

Es una pena que estudiemos algo que nos apasiona y que luego nunca podamos ejercer (o peor, que probemos el veneno y nos enganche). El discurso “ni-ni” cuando pertenecemos a una de las generaciones mejor preparadas me asquea. Pero también me asquea que los periodistas nos coloquemos en la torre de marfil como seres especiales y únicos. Tenemos una suerte que no tienen mis amigas Carmen, Tere o Pili. Ellas no podrán asistir a un acusado en un juicio o atender un caso de psicología clínica. Los periodistas, en la barra de un bar, en la cola del súper o charlando con un abuelo en el autobús, podemos contar historias. A nuestra manera. Sin cobrar, cierto. Porque, la pregunta es: ¿es supervivencia o necesidad vital? Al pan, pan…

El vídeo del periodista/camarero existencialista me ha tocado las narices, lo confieso. Y lo siento (igual soy una privilegiada y no entiendo el sentimiento, pero antes que periodista soy persona, con un bagaje, con oídos, con unos padres con sus historias, con mis hermanas, con mis amigos sobradamente preparados y camareros…). Me parece un acto de mala fe en varios sentidos y más estando el patio como está. Es una mala fe, y me explico, en el sentido existencialista que le dio Sartre (no he estudiado ni he trabajado ni soy, pero me gusta la filosofía). El camarero/periodista se niega su libertad absoluta. Ejerce un rol. ¿El rol nos hace? ¿Por qué es periodista, por qué es camarero?

En El ser y la nada (que también podría ser el título del vídeo de marras), Sartre habla de los roles sociales precisamente hablando de un camarero: “Sus ademanes son rápidos y audaces, demasiados precisos, demasiados apresurados, se inclina ante ellos con excesiva ansiedad; su voz, sus ojos expresan un interés harto solícito por lo que va a pedir el cliente” ¿A qué juega? A ser camarero. No lo define su trabajo como ser en sí.

Y lo del juego del camarero nos pasa a los periodistas. Vamos corriendo, con nuestros móviles, nuestras libretas, con nuestros aires de tener bajo la camisa un maillot azul y una letra “S” en el pecho.

La cuestión es si son los demás, nuestros lectores, nuestros oyentes… los que nos piden que cumplamos con la ceremoniosa función del rol o es que nos lo creemos tanto que elevamos demasiado los pies del suelo. Y eso nos aleja de quienes nos hacen periodistas. “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. Desde la barra de un bar, en una redacción o en una caja de supermercado. Y éste es un canto a la esperanza…

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